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Ler matéria →Es muy importante elegir bien el título de un libro. Por una parte, un título debe explicitar muy bien su contenido. Por otra, ha de atender a razones, si no comerciales, que ayuden a la divulgación.
Por lo general, a diferencias de un trabajo académico, el título no debe ser muy largo; más bien corto, ojalá impactante. Los directores de editoriales conocen ese efecto y por eso suelen proponer títulos alternativos a sus escritores.
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En ese segundo sentido Francis Fukujama eligió muy bien el título de su libro El Fin de la Historia. La palabra “Fin” es de por sí llamativa.
Quiere decir, algo terminó; y para siempre. Si a eso agregamos, “de la historia”, es algo que nos incumbe a todos los que vivimos en la historia, no de un país, sino de la humanidad. No por último, es un título dramático; uno que no puede pasar inadvertido en las vitrinas de las librerías.
Me atrevería a decir que, si no hubiese sido por el título de ese libro, Francis Fukujama habría pasado a la “historia de las ideas” como uno de los tantos buenos politólogos de la escena norteamericana, tal vez uno no muy brillante, en cualquier caso, no demasiado original, pero sí como un buen sintetizador de las ideas de su tiempo. El título de su primer libro fue la clave de su éxito; Leia também: Copa do Mundo: Marquinhos rebate atacante japonês e cita Botafogo vs. PSG
el comienzo, no el fin de “su” historia profesional. Ese título, por si fuera poco, lo convirtió en un profesor millonario. Pero también ha sido su condena.
Casi no hay entrevista, aún mucho tiempo después de haber sido escrito El Fin de la Historia, en la que Fukuyama no se sienta obligado a decir que lo que quiso expresar con el título no era lo que el quería explicar y mucho menos lo que la mayoría de los lectores entendieron como “fin de la historia”. En no pocas intervenciones, Fukuyama enreda más el error de haber elegido ese título que no explica lo que él quiso escribir sino algo distinto a lo que él quiso escribir.
En la mayoría de las ocasiones, Fukuyama indica que el título de ese libro viene de una interpretación hecha por el filósofo Alexander Kojeve a Hegel, quien precisamente escribió, quizás en un rapto de entusiasmo, que con la revolución francesa y el triunfo de la idea de la libertad se cerraba un capítulo de la historia universal determinada por la lucha por el “reconocimiento”. De tal modo que Fukuyama daba por sentado que todos sus lectores habían leído no solo a Hegel sino, además, a Kojeve, algo difícil de suponer.
La mayoría de sus lectores entendió solo lo que el título decía: que nos habíamos quedado sin historia, que desde el fin del ocaso del comunismo las cadenas que atan a un acontecimiento con otro habían sido rotas, que Fukuyama, en el estilo de un Lyotard por ejemplo, renunciaba a los “grandes relatos” para dejarnos remitidos solo a narraciones que transcurren de modo independiente unas después de las otras. En fin, que Fukuyama era algo así como un de-constructivista, es decir, todo lo contrario a lo que él es y ha demostrado ser en los libros publicados después del Fin de la Historia: un analista sistemático, un expositor muy ordenado y en ningún caso un profeta de la post- historia, como muchos han creído ver en su persona. Hegel quiso decir con su no siempre
bien interpretado “fin de la historia” que ese fin no tenía nada que ver con el fin de la suma y síntesis de los acontecimientos que llamamos históricos, sino con la ruptura de un hilo dialéctico que ataba los acontecimientos en un proceso de afirmaciones y negaciones los que tarde o temprano deberían llevar a su síntesis final. Lo que quería comunicar Hegel es que con el triunfo de la libertad por sobre la opresión tenía lugar el fin de una dialéctica histórica. Mais de esporte
De modo que si Fukuyama hubiese titulado a su trabajo como “el fin de una dialéctica histórica” habría estado mucho mas cerca de lo que intentaba decir, tanto Hegel como él. Claro, el título del libro habría perdido gran parte de su espectacularidad.
La mayoría solo quedó con la impresión de que Fukuyama había escrito una larga oda al triunfo de la democracia liberal y de la economía de mercado. Y, pienso que, en parte, esa impresión es verdad. No debemos pasar por alto que la intención de Fukuyama –en esos tiempos un seguidor de las ideas republicanas de su país- no era tanto contrarrestar la idea hegeliana sino la interpretación hegeliana hecha no solo por Kojeve, también por Karl Marx, a saber, que el derrumbe del comunismo había traído consigo el colapso de la teoría que suponía que la contradicción histórica fundamental de nuestro tiempo era la que se daba entre capital y trabajo.
En la versión revisionista del marxismo llevada a cabo por Lenin, la contradicción entre comunismo y capitalismo también habría llegado a su fin. Y, efectivamente fue así: todo eso terminó realmente con el colapso de la URSS y, en sentido más bien simbólico, con la caída del Muro de Berlín. El mundo comunista había desaparecido del mapa histórico y lo que le sucedía era otro mundo plagado de contradicciones difíciles de unificar en el marco de una dialéctica determinada; esto último no lo dijo Fukuyama. Leia também: Fenômeno Chinês Domina Arena e Bate Recorde Mundial com Prêmio de US$ 500 Mil
Y ese último mundo, efectivamente, no había terminado; estaba recién comenzando y aparecía más visible que nunca. Para la izuierda marxista, el fin del comunismo (es decir, de la historia del comunismo) fue un desastre de magnitudes colosales. De hecho, se quedó sin una teoría para explicar el mundo, algo que para ella era muy grave.
La izquierda marxista, recordemos, reposaba sobre la base de una idea meta-histórica, la llegada del comunismo en gloria y majestad, una versión profana del día del juicio final, idea que imaginaba estar fundamentada, no en una religión sino en una ciencia de la historia: el llamado materialismo histórico. También ese podría haber sido un buen título para el libro de Fukuyama:
el fin del materialismo histórico. Solo por ese título yo lo habría comprado. Porque eso fue, efectivamente, lo que ocurrió.
Alguien tendría que ser muy bruto para afirmar que el materialismo histórico todavía tiene vigencia teórica y política en esta era multicontradictoria que es la digital. Lo menos que podemos convenir es que un materialismo histórico sin culminación comunista o socialista es una aberración sin límites.
Claro está, para algunos viejos comunistas, la caída del muro fue un fenómeno sísmico, pero no político. Otros más “teóricos” se las arreglaron a su modo: inventaron que la implosión del imperio soviético y el ocaso de las llamadas democracias populares había sido solo un fenómeno europeo, es decir, del Primer Mundo, pero la verdadera vanguardia de la revolución socialista existía en los países más pobres de la tierra, en el llamado
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